sábado, 16 de junio de 2007

Epistemológicas

Cielo y tierra



Nito tenia una destreza especial para colarse en los carros, generalmente lecheros, que circulaban sobre el empedrado de Isabel La Católica.

Confieso además que con envidia observaba a mi amigo alejarse saludando, montado sobre el estribo posterior del vehículo burlando además la prohibición al respecto en boca de padres, porteros y comerciantes de la zona.

Era entonces que aquella prohibición, se juntaba como siempre con el miedo y la intensidad de este sentimiento reprimía con eficacia mi deseo de trepar al tiempo que lo incentivaba sin contar la eficacia movilizadora de la envidia en sí. O, dicho de otro modo y desde un punto de vista corporal: Cada vez que veía pasar un carro, la indecisión y la envidia, hacían latir mi corazón, transpirar las manos y el orín hervía en la punta del pene cuando irrefrenable dejaba al menos una gota que testimoniaría la experiencia. En síntesis: Cuando pasaba el lechero se me ponían los huevos en la garganta.

Los días pasaban y progreso mediante: Estaba a punto de perder el ultimo carro. Por otra parte, relacionado con la idea anterior, los automóviles circulaban con mayor frecuencia por la calle mencionada. Razón por la cual, la tracción a sangre peligraba en todo sentido y ni hablar de los niños trepados en los estribos. Era entonces que mientras Isabel La Católica se ponía cada vez mas latinoamericana, con sus niños, pelotas, autos, carros y caballos, yo esperaba ansioso el momento en que mi cuerpo, olvidando su cabeza, me arrastrara hacia el estribo encantado.

Era un atardecer de domingo. Camine desde Montes De Oca media cuadra hasta Australia, en la esquina doblé rumbo a Isabel La Católica y allí espere sentado sobre el cordón. "Ahí viene" pense al oír a lo lejos el sonido de las ruedas sobre el empedrado. Me pare y lo vi aproximarse con velocidad. Pasó. Corrí detrás de él hasta trepar al fín. La primera sensación fue que el estribo estaba demasiado alto por lo que se introdujo de manera temprana el problema que iba a significar bajar. Como todo en la vida pienso ahora, tanta angustia por entrar para que al toque nos invada el deseo de salir.

Aquella dificultad entonces, le puso a la experiencia de entrada, la cara del terror. Sensación que a su vez aumentaba cuando el ruido de las botellas de vidrio rebotando en los canastos de acero eran el espacio acústico que acompasaba mi inestable situación. ¿Era aquél, entonces, el carro de la muerte?. No sabia, pero la parca me sonreía desde el empedrado cuando miraba hacia abajo con el objeto de calcular antes de saltar. Mientras tanto, me alejaba del punto de partida y desconocía hacia donde se desplazaba conmigo el carromato. O dicho de otro modo: Era una experiencia bipolar entre el extravío y la muerte.

Pero en fin, como en aquel tiempo creíamos tener un ángel de la guarda, mandé los cálculos a la mierda y salté con un resultado que, depende de las pretensiones, puede demostrar precisamente la eficacia de las mediaciones del ángel en cuestión, porque, aunque caí de cabeza no me maté y al menos en lo aparente, creo, que el golpe no afectó sobre mi desarrollo intelectual. No obstante, la duda por lo menos, sobre la eficacia del guardián, surge cuando la manera de caer fue poco respetuosa con un mortal que saltó de pié y no sé por que carajo y/o contingencia se diò vuelta en el aire para caer de cabeza. Aunque mirado como una experiencia secular, fue un salto epistemològico porque mientras que caía al pavimento el cielo y la tierra mutaban ante mi de su situación original. En tal sentido, digo entonces que en el recuerdo, la tierra quedó arriba y el cielo debajo con el consecuente castigo que sufría, otra vez angel guardiàn mediante, cuando al dar vuelta el mundo sentì tener al cielo a mis piés.







Saber federal




Tenía en aquél tiempo entre nueve y diez años, por lo tanto estaba cursando el tercero o el cuarto grado, cuando vino la policía a darnos una clase de educación vial.

En esa época, agrego, la gente solía decir a propósito de la federal lo siguiente: “la policía tiene que preocuparse más por perseguir a los ladrones”. Recuerdo entonces que el efectivo dijo en un momento de su exposición: “Hay gente que piensa que la policía en vez de hablar tanto tiene que perseguir más a los ladrones”. Esta afirmación la escuche yo en forma de pregunta, es decir, creí que estaba preguntando: “¿Hay alguno que piensa que la policía en vez de perseguir a los ladrones, habla?”. Levante entonces la mano ante la mirada de todos y quedé con la mano levantada mientras que el expositor ahora se acercaba hasta mí para decir: “ Usted no tienen idea de lo que hace la policía”. No puedo asegurar con certeza que en ese momento decidí ser sociólogo, pero sí que recuerdo haber quedado con una dosis de incertidumbre que en el tiempo se convirtió en una inquietud a propósito de la relación entre el saber y el poder. Porque, si esto es lo que piensa todo el mundo y yo le pregunto a la persona que es supuestamente la que tiene que informar acerca de la certeza o error de lo que pienso y al contestar anula la pregunta es porque debe haber algún problema en el mismo punto de partida. Bueno, después con los años vino todo lo que vino, por preguntar tanto, y uno cada vez pregunto menos.



La rosa de los vientos.


Estaba convencido en esos años que no tenía destreza con las manos y lo confirmaba en el arco y en la asignatura "actividades prácticas", también conocida con el nombre de "manualidades". Dicha materia tenía el objetivo, precisamente, de fomentar en el educando sus habilidades manuales. Recuerdo entonces haber hecho un felpudo con hilo sisal, tejido sobre un bastidor al que se le adosaba clavos, uno al lado del otro. Luego se ataba el hilo al clavo superior izquierdo para bajar y subir hasta formar un cuadriculado. También logré hacer dos lámpara, la primera, de moda en la época, con una botella tapizada de arroz y pintada a la que se le pegaba un portalámpara en el píco, se extendía el cable por dentro y salía por un agujerito hecho en la base y la otra que funcionaba a pilas con una base de madera, un portalámpara de linterna debajo de un frasco de mermelada coronada por una compotera de maetrial plástico. Pero éstas habían sido experiencia exitosas del sexto grado, porque durante el cuarto y quinto grado, que por otra parte se mezclan en la memoria por haber padecido a la misma maestra, los trabajos en papel glasé, eran para la señorita María Nicolina Ursino un orgasmo compartido con los compañeros más diestros en la manipulación de los cuadraditos de color. Pero para mí aquellos dobleces significaban sesiones de tortura bajo las formas de un barco, de un entrelazado o de una palomita.

Aquellas sesiones entonces eran indicadas por la señorita Ursino generalmente para los fines de semana, a veces para semana santa y siempre para las vacaciones de invierno.

En relación a lo anterior y por fortuna, mi padre, un poco por generoso, otro tanto para demostrar que él era más habilidoso que yo, colaboraba en la realización de aquellas manualidades mientras recordaba en voz alta a Nicolina y a su mamá. Allí estaba entonces el viejo apoyado sobre un tablero de dibujo, cortanto con una hoja de afeitar el papel glasé que serìa la base del entrelazado y las pequeñas tiras de papel que como el nombre de la actividad ilustra se iban luego a entrelazar, siguiendo los lineamientos del boceto hecho en clase sobre hoja cuadriculada.

Era así entonces como la carpeta de trabajos prácticos se mantenìa al día. Pero aquella mañana a mediodía, cerca de la hora deseada, la rosa de los vientos interrumpía mi sueño de libertad. Doblen esta parte para acá, esta punta para allá, luego otro doblés en este sentido, decía María mientras mis manos sobre el papel glasè se movían torpes y por lo tanto las originales formas de mi trabajo práctico no iban en el sentido de "la rosa de los vientos". O dicho de otro modo: paradójicamente, la rosa de los vientos me desorientaba.

Sonó entonces la campana de salida y comencé a prepar la valija hasta escuchar una ursina voz que decía : "Forte se queda despuès de hora", lo cual significaba una eternidad, si mi salida de la escuela estaba condicionada a la realización del trabajo manual. Recuerdo entonces que algun compañero se acercó piadoso a ayudarme pero, atenta la señorita, le indicó que se fuera y quedamos solos en el aula, el papel glasé arrugado y yo.

El sol brillaba. Un rayo, que se deformaba por mis lágrimas, al pegar caliente sobre el pupitre de madera pintada de gris, producía un olor suave, leve y agridulce, como a ligeramente quemado. Fue entonces aquel aroma, un bálsamo, que al penetrar por mi nariz detuvo el llanto, me arrullaba y si bien no puedo afirmar con certeza haberme dormido durante algunos minutos, oliendo calentito al sol, pero recuerdo en cambio que la intensidad de aquellas sensaciones reducían hasta hacer desaparecer al pánico que me producía pensar en la medida que tomaría la maestra para conmigo, cuando al regresar comprobara que la metodología del castigo, en función de la realización de la rosa de los vientos, no había dado el resultado esperado. Pero los sentidos parecían insuflarle al acontecimiento otro sentido, cuando Nicolina y optar, al ver el papel sobre el pupitre, por esculpir ella misma la manualidad en cuestió mientras decía: " ves Forte; es así, doblás esta punta para acá, la otra así..." mientras que yo, en un éxtasis privado ponía cara de prestar atención al tiempo en que disfrutaba del calor y del olor de la madera al sol. Por su parte ella, pienso, interpretó mi estado de ánimo como la demostración empírica de un resultado positivo del proceso de enseñanza aprendizaje al punto tal que me dejó ir con la rosa de los vientos hecha al fín por ella misma después de hora.

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Miguel Ángel Forte